Uno de los grandes disruptores de la vida es el vehículo de motor. No sólo genera obvios problemas como la quema de combustibles fósiles, la contaminación, el cambio climático, la vida sedentaria y los accidentes sino que ha introducido una manera anormalmente veloz de desplazarnos. Hoy, por los automóviles, nos movemos a velocidades que no guardan proporción con nuestra experiencia fisiológica, vital. Hasta principios del siglo pasado, caminar, correr, cabalgar o pedalear eran nuestros modos de transporte a velocidades más o menos parecidas unas a otras.
La velocidad de los desplazamientos en vehículos de motor distorsiona la realidad. Es una ilusión. Podemos salir disparados como bólidos de un semáforo, alcanzar 60 o 70 kilómetros por hora en un momento, sólo para volver a frenar en el siguiente semáforo, distante apenas unos pocos cientos de metros. Aunque lleguemos a alcanzar velocidades de vértigo, la verdad es que la velocidad promedio de todo nuestro trayecto alcanza valores modestos. Imagine que tiene que viajar del Campestre La Rosita, en Torreón, hasta la presidencia municipal de Lerdo a mediodía, en un día hábil. ¿Cuánto tiempo calcula hacer? ¿Una hora? ¿Cincuenta minutos? La distancia entre los dos puntos no llega a veinte kilómetros.
Le propongo otro ejercicio, ya no mental, sino real. Camine o pedalee una hora por su barrio. Descubrirá detalles -plantas, animales, colores personajes y texturas- que ni siquiera imaginaba que existieran. Cuando nos movemos a una escala humana, el mundo se vuelve más diverso y la vida, más rica.
Estas reflexiones me nacen de la experiencia vivida el pasado lunes por la mañana. Cómo lo hago a diario, me dirigía de mi casa, en la Ampliación Los Ángeles, a mi trabajo, en el Tec de La Laguna. En bicicleta. Apenas entrando a la Colonia Los Ángeles vi un ave volar de un terreno baldío a las ramas de una casuarina. Por la silueta –alas cortas y anchas, pico aguileño- era claro que se trataba de un gavilán. Por el tamaño también me quedaba claro que era una hembra de gavilán de Cooper Accipiter cooperi, un ave de presa migratoria, especialista en atacar a otras aves. El gavilán de Cooper visita nuestros campos y ciudades cada invierno. Al verlo me detuve, me acerqué y confirmé su identidad. La observé algunos minutos hasta que se fue a buscar otra víctima, supongo.
Menos de un kilómetro más adelante, en la calle Donato Guerra, un escándalo sonoro llevó mi mirada a la punta del tronco seco de una palmera. Eran los llamados de dos loros –quizá loros Tamaulipecos Amazona viridigenalis- en pleno cortejo. Dejé de pedalear y me detuve a contemplar, junto con varios vecinos, una escena nada común en las calles de Torreón. Si hubiera ido en un coche, seguro me habría perdido de dos espectáculos únicos e irrepetibles en las calles de mi ciudad. Si hubiera ido en coche, habría llegado a mi destino tan ignorante como al inicio de mi viaje y no tendría la sonrisa de oreja a oreja que me provoca ahora mismo recordar esta mañana de lunes, yendo de mi casa a mi trabajo.
--Francisco Valdés Perezgasga
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